La disección de lo oculto

En Poesía, Reseñas

Por Christian Kent

Andrés Ovelar (Asunción, 1996) es estudiante de Cinematografía en la Universidad Columbia. Desde el 2014 integra el taller de escritura Abrapalabra de Lía Colombino, y en el 2017 participó del taller Contar en sí de Damián Cabrera. Cursó seminarios de Historia de la Cultura y Filosofía del Arte, dictados por Sergio Cáceres Mercado. Sus textos fueron publicados en la revista Abrapalabra (2016). Participó del III Festival Poetas del Centro Cultural de España Juan de Salazar (2017). Desde el 2017 integra la acción poética propuesta por Edu Barreto: Bien Cerca, poesía íntima en espacios públicos.


El libro de poemas “Arcano”, de Andrés Ovelar, me interesa en tanto se vincula con una problemática de lenguaje que ha sido uno de los motivos que me impulsa a seguir escribiendo y pensando la escritura.

El discurso posmoderno (de haber tal cosa) nos induce a creer que el lenguaje es insuficiente para dar cuenta de una experiencia cabal acerca de la realidad; realidad que se nos presenta en fragmentos o en su inagotable despliegue de fisuras y posibilidades, y no ya en términos de universalidades. La pérdida de los valores sustanciales (determinados por su relación con el mito) del signo da espacio a un sistema de relaciones que permite sólo señalar las cosas de acuerdo a determinados ejes paradigmáticos (asociación, discriminación, clasificación, etc.) y, en último término, por vía negativa: algo es algo porque no es todo lo otro.

Es preciso cuestionarse entonces, teniendo en cuenta que asistimos a esta disociación entre el signo y su referencia, cuál es la posibilidad de afirmación que nos queda, en cualquier contexto, pero especialmente pensando en la poesía. ¿Cómo es posible “decir” a partir de un lenguaje que no es sino una errancia o un éxodo semántico (para entrar a tono con la metáfora bíblica del poema)?

La obra parte con una definición de arcano. Cito: “Del latín arcanus. / Dícese de aquello que permanece velado. / Que requiere disección para su conocimiento”. Esta noción -pensemos en los arcanos del Tarot como ejemplo- abre una dimensión del conocimiento que tiene que ver con la lectura de símbolos ocultos, o “velados” según el término empleado por Ovelar. En este sentido, el lenguaje poético tiene que ver con una revelación, con desentrañar una verdad subyacente a las cosas. A esta verdad se accede, no mediante operaciones mecánicas o racionales del lenguaje, sino por medio de una visión profética, intuitiva, una “visión” como la que pudo tener Butler Yeats o el propio Juan de Patmos. Parafraseando a Heidegger: “las cosas vienen a nosotros queriendo convertirse en signo”.

Pero en la definición dada en “Arcano” hay una segunda acepción: “Que requiere disección para su conocimiento”. A lo largo de todo el texto se vuelve siempre a este punto de convergencia entre dos “saberes” que parecen opuestos: la disección y lo velado, la mano y la vista, el pétalo tentáculo. Es este acontecer inagotable del lenguaje y sus desplazamientos el que construye, casi como otro juego más, la posibilidad de lo oculto y de la epifanía. No sabría decir si lo numinoso se ha reducido a recurso literario (artificio), o si asistimos por fin a una conciliación del ajedrez saussureano con el caballo como sustancia y no solo como figura. Lo cierto es que no es la “vista” (la visión profética) la que sale al encuentro de lo arcano, sino la mano (el lápiz, la escritura) desnuda (la poesía entendida como alteración, exhibición o despojo); el gesto de escribir precede a la revelación y no al revés.

En el poema que inaugura el libro, “Ella”, se nos presenta una flor (metáfora de poesía) mutante, que a modo de pétalos despliega tentáculos. Al igual que “el violento hipogrifo” de Calderón, este monstruo flor y pulpo comienza por configurar un universo de ambivalencias donde el retazo encaja con lo improbable hasta erigirse en un tótem de “alianzas venenosas”. Me tienta decir, por mi propensión a la comida: una suerte de guiso epistemológico donde las partes no se relacionan por analogía o metáfora, sino en una tensión desmesurada, un equilibrio al (des)borde.

El tótem era laguna donde exhalar,
sitio en el que todas las fauces coincidían
                                                                     venenosamente
aliadas unas a otras.
 

Si insisto en este primer poema y no me ocupo de los siguientes es porque me parece uno de los más reveladores en cuánto a la lectura que pretendemos proponer. Estos tentáculos/pétalos representan un juego de pliegues o de capas (cuasi barroco) donde se plantea la posibilidad de lo oculto, no tanto como una verdad última a ser develada pero sí cómo mundos posibles (inagotables) que se abren a partir del poema.

A la manera de los arqueólogos
                                                                         capa por capa,
los tentáculos escindieron caparazones,
máscaras que no pretendían
                                                                        de manera ninguna
ocultar rostro.

El poema desafía el doble juego de la máscara barroca, que al tiempo que revela también esconde. Nos sitúa ante una máscara que solo muestra y en cuyo fondo no existe rostro alguno. Equivale a decir que lo arcano solo puede ser hallado en lo manifiesto; o bien, que lo oculto no es sino un resultado de la disección, una configuración del artefacto lingüístico. Ya no es el vate el que sube e invita a subir (como el Neruda de “Alturas de Machu Pichu”) a la visión de lo indecible, sino que es Ella (ahora en la forma de la serpiente alada) la que “tendrá que descender” de sus presupuestos místicos y apoyarse, a modo de mito derribado, sobre la hierba húmeda.

Al llegar al poema “Génesis”, último de la primera parte, recordé la novela “La nave de los locos”, de Cristina Peri Rossi, en la que se extiende un enorme tapiz de la cosmogénesis cristiana. Tanto en el intertexto citado como en el poema que estamos leyendo, se puede comprender la metáfora del Edén y de la expulsión de la pareja primordial como un exilio semántico (o semiótico). La expulsión del paraíso equivale al origen del (dis)curso; es decir, a partir de entonces el lenguaje comienza a errar en sus propios límites y “lo referencial” queda relegado al campo de lo imposible (Lacán).

Y tuvo Eva entonces la palabra manzana. La palabra pecado.

No hay manzana detrás de la palabra manzana, como no hay rostro detrás de la máscara. Tampoco hay misterio alguno. Lo que se esconde, aquello que podríamos llamar el saber arcano, no es otra cosa que aquello que se muestra: no hay engaño, ni distracción, ni visiones proféticas, nos queda solamente el ejercicio de la disección, del discurso como ese excesivo mosaico que pensó Borges. La revelación, el parnaso, la poesía aparecen disueltos en esta moneda de una sola cara (significante/significante) que es el lenguaje.

Sé de imágenes intercambiables. Sólo sé de imágenes.
Sé, creo saber, de un par de pies, lejanos siempre. Zapatos
presionando el pedal del piano.

“Ella sólo confiaba en la música”, pienso hoy.

Portada “Arcano” de Andrés Ovelar. AIKE BIENE ediciones. Asunción, 2017.